
Nicolás, dibujo de Enrique.

Nicolás a los 5 años

Enrique en Girardot, 1986. Foto: Nicolás Buenaventura Vidal.
| Dos años de la muerte de EnriqueEres como un dolor mal repartido Que se volvió canción y no quejido.
Patxi Andión. Se cumplen dos años de la muerte de mi padre y sigo tan huérfano como el primer día. A
menudo sueño con Enrique, las más de las veces, en mis sueños, está
vivo. Conversamos, Enrique es el mejor conversador que he conocido.
Desde que ya no está las conversaciones, en general, tienden a
resultarme sosas, aburridamente triviales. En uno de los pocos
sueños en los que Enrique estaba muerto, volvía para decirme que los
muertos podían hacer daño pero que lo hacían sin saberlo, no se daban
cuenta, me pedía que siguiera hablando con él, así, si un día se
encontraba en esa situación de poder hacer daño, se enteraría y podría
evitarlo. Me desperté llorando, preso en la imagen de ese ser que
busca, por todos los medios a su alcance y más allá de la muerte, no
hacer daño. En un festival de cine me crucé con Gabriel
Retes, realizador mexicano, también su padre murió y al enterarse de la
muerte de Enrique me preguntó ¿Y qué te dejó? Como no entendí
inmediatamente, insistió: ¿Qué heredaste? Le contesté con la misma idea
con la que le había respondido a mi tío Jaime, en una de nuestras
disputas acerca de la manera como Enrique manejaba su dinero. Mi tío
Jaime estaba preocupado porque, a su juicio, su hermano Enrique estaba
dilapidando lo poco que tenía o dejándoselo robar por los actores y
administradores del TEC. Es cierto que lo robaban, empezando por mí,
que en mi infancia robé repetidas veces en sus bolsillos y no solamente
en los bolsillos… pero eso es otro cuento, volvamos a mi querella con
el tío Jaime: ¡vos tenés que cuidar la plata de Enrique! Me dijo ¡Nadie
lo va a hacer en tu lugar, le van a quitar todo y no vas a tener nada
que heredar! Lo que tengo que heredar de Enrique ya lo recibí,
hace tiempo. Le contesté. ¡Me lo ha dado todo! Con Gabriel, el tono era
menos conflictivo pero la afirmación iba en el mismo sentido. Gabriel
se quedó en silencio pensativo o distraído y al cabo de un momento me
dijo: A mí me dejó su biblioteca. Debo reconocer sin embargo que hay
algo que ha cambiado en el caudal de mis haberes. Desde que Enrique
murió siento que lo único que poseo, lo único que me pertenece
realmente, es su muerte. Lo grave es que no he logrado descubrir qué
hacer con ella y, lo confieso, aunque no se me note mucho, me pesa. He
tratado de continuar el diálogo que él inició conmigo desde mi
infancia. La voz de Enrique, sus palabras y su risa son uno de los más
remotos recuerdos que habitan mi memoria. Le hablo, le digo: lo
primero que me enseñaste fue a levantarme, enseguida me enseñaste a
caer. Él me responde, pero no son palabras, me responde con instantes y
sigo aprendiendo, a levantarme, a caer. Durante mucho tiempo, dos
años, guardé silencio acerca de la muerte de Enrique, me asustaba que
el diálogo con él pudiera interrumpirse, estas son las primeras líneas
a las que me atrevo. He seguido leyendo sus poemas, a razón de uno por
día y he ido creciendo, como planta alimentada por el sol. He seguido
indagando sus frases, los parlamentos de sus personajes, las imágenes
que dejó, y me doy cuenta de que el diálogo es inagotable y de qué es
la más valiosa de las herencias que pueda un hijo, un amigo, recibir. Nicolás Buenaventura Vidal. Paris, 2005
HUELLA DE LA GIRA A
MEDELLIN Link: http://medellin.vive.in/blogs/medellin/un_articulo.php?id_blog=4528512&id_recurso=450016463 Jerónimo
es casto, pálido y sapo. Gonzalo no deja caer ni media,
tiene esposa, un hijo, un suegro y habla como los mayas. A
los dos no se los llevó el que los trajo porque nunca
regresaron. Noche de jueves para desempolvar el libro de
historia y ver en las tablas del Teatro Pablo Tobón Uribe la
obra “Crónica”, escrita por Enrique Buenaventura y puesta en
escena por el Teatro Experimental de Cali. De Aguilar, con
su lengua pausada y su amor desmedido a Dios, añora volver a
la Madre Patria. Guerrerito terminó ahorcado por Hernán
Cortés en el Nuevo Mundo.
La silletería vacía, acomódese donde quiera, público
silencioso. Me sentí rara en un recinto tan grande y tan
solo, pero lo acogedor fue lo que se vio en el escenario.
Superando mis expectativas, no fui a escuchar el seseo
aburridor de los colombianos cuando nos da por hablar como
los españoles. Por el contrario, diálogos claros, música en
vivo producto de las mismas voces de los actores, y una
escenografía móvil que me llamó la atención: cada actor
carga con sus corotos: el cura con su cruz, la esposa maya
con su bebé, el marinero su tonel, Cortés con su caballo,
los borrachos con el cañón, los indígenas con su pirámide.
Lástima que hubiera sido única función. A veces uno se
pierde parches interesantes y no precisamente por la falta
de plata, de compañía, de clima o de tiempo, sino de bulla.
Aplausos para el TEC, una buena oportunidad de ver teatro de
otras ciudades colombianas, y un aplauso bien especial para
Jaqueline, la esposa de Enrique Buenaventura, un verdadero
homenaje a su obra, a su trabajo, a su arte en la
interpretación de Jerónimo de Aguilar. Siendo un tema de
ladrillo, sacó las notas humorísticas precisas.
Ojalá obras como Crónica las fueran a ver los niños. En
vez de estar leyendo libros regordetes y empolvados o
pegados del computador bajando mapas interactivos, de vez en
cuando se les mostrara la historia a través del teatro. Así
mismo, también echo flores al Pablo Tobón Uribe, que abre
sus puertas no sólo a los grandes montajes con elencos
extranjeros sino que le da espacio a los de aquí, a los
pequeños grupos con grandes trabajos artísticos.
KABUKI SAYS: los mayas comían mejor que los españoles.
Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar se perdieron en el
Darién y aparecieron en Cozumel. Vea usted.
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