Esto me ocurrió no sé cómo ni cuándo. No tengo memoria. Soy como el invierno que se va
preñando de humedad o como el verano que se va extendiendo hasta volverse ceniza.
Soy
una sustancia que se derrite hasta el vapor o como el animal que ve sin
mirar, oye sin oír y siente sin sentir, quiero decir sin ir más allá o
llegar más acá, sólo en la superficie. Claro está que comenzó un día,
pero un día sin fecha, así como no tiene fecha el día en que uno se da
cuenta de que tiene piernas y dedos en los pies y
manos y ojos y todo lo demás porque si tuviera de menos si se daría
cuenta aunque luego, quizá, lo olvidaría para recordarlo cada día y
cada hora del día. Quizá fue hereditario porque los cadáveres de mis
padres estaban encajados, por así decirlo, en mis hombros. Mi madre
aferrada, entrepiernada en mi nuca, a horcajadas y mi padre incrustado en ella como las momias de los indios en sus guacas. En la anchísima membrana de mi vientre mi montón de hijas y mi montón de yernos y más abajo mis nietos y mis biznietos y tataranietos desovando como los
peces en la laguna y adheridos a membranas cada vez más distantes. Los
hijos varones y mis nueras atrás, donde se prolonga kilómetros y
kilómetros mi agujero en una membrana tubular y las otras adherencias
de la familia, los bastardos, los nonatos, los entenados, los retoños
de no sé qué ni no sé dónde.
Todo
comenzó cuando se fue Juan que no era el mayor ni el menor sino el
entremedio. Entreverado con varias mujeres a su alrededor, adheridas a
él, quiero decir. Eso significa desgarros, desgarros de vísceras y
membranas porque no se sale fácilmente de esos entresijos. Primero los
ojos ven a través de las membranas con un ver sin
mirar como los animales, luego hurga el hocico caliente y uno siente
ese hozar en las entrañas. Luego sale la cabeza con adherencias de
telas y entretelas y, por supuesto, con sangre. Una sangre acuosa. Eso
lo puedo ver colocándome con mano temblorosa los anteojos. Me dije que
era natural. Me lo paso diciéndome cosas que, en otra parte, sé que no
quieren decir nada pero que, también en otra parte, no sé dónde, me
apaciguan. Y es que tengo muchas partes no me he medido y he perdido, por lo tanto, si es que alguna vez la tuve, la conciencia de mi gran extensión.
Tengo
que comenzar por donde se debe. Por el lugar. Es una considerable
porción de tierra que se fue achicando poco a poco y quedó reducida a
un caserón con ancho patio y un solar. Portón, zaguán, patio abierto al
cielo con veraneras y macetas de geranios, siemprevivas, flor de muerto
y rosas y el comedor y la cocina y las alcobas y yo con mis
compartimentos de membranas instalado en todo eso, vigilando o
durmiendo y comiendo por todos y para todos. Bueno, como iremos viendo,
no todo el tiempo porque el tiempo es algo así como otra membrana más
sutil, de tejido casi invisible, que se rompe y se repara ella sola
casi sin que uno se dé cuenta.
Yo
no salí nunca de aquí y si quiero dejar constancia de todo lo ocurrido
es porque nadie ha reparado, realmente, en ello. La gente ve sin mirar
como los animales o mira de pronto y cierra los ojos y se dice otra
cosa como yo. Pero yo allá, en otra parte, siempre en alguna parte,
medito en estas cosas y me he propuesto dar cuentas tan minuciosas como
sea posible, de cada una de ellas.
Como
decía me quedé aquí. Sembrado. Esta fue la herencia de mis padres y la
que recibieron mis padres de sus padres. Herencia que se fue acortando
como una piel que todos tasajeaban y pasaban los pedazos a otras manos.
Me quedé aquí con mi mujer que ahora vive en un compartimiento visceral
al lado sin más comunicación que unos fluidos y unos humores que
atraviesan las membranas. Los dos nos quedamos aquí los inviernos y los
veranos, las sequías y las crecientes, los días y las noches, las horas
y los segundos. Hay un viejo teléfono en la pared que no comunica con
nadie, no llega la televisión pero oímos la radio. Poco. Las noticias
del mundo han dejado de interesarme. Cuando todos se reúnen sí suena
hasta el cansancio.
Debo
explicar por qué no puedo moverme de aquí. No es cuestión de voluntad.
Quizá, en alguna parte de esta interminable proliferación de vientres,
haya una voluntad. Pero no cuenta, no puede hacer nada porque no es
sólo la casa de donde sería posible, tal vez, con mucho esfuerzo,
sacarme. Por la parte de atrás, por el solar, rajando la tapia de
adobe, mi prolongación posterior desciende hasta la quebrada pero no
dejo allí los excrementos. Los deposito más allá, en el cráter de un
pequeño volcán apagado. Toda esta tierra es volcánica y a veces ruge.
En algún tiempo rugió de tal modo que lo llaman el tiempo del ruido, un
tiempo, se dice, se cuenta, cuando hablaron con voces roncas los
antepasados: españoles, indios, mestizos, mulatos, zambos, tercerones,
cuarterones, tentenelaire.
Por
los costados invado, de manera imperceptible, predios ya ajenos, pero
con pastos tan altos y espesos que los belfos de las bestias no llegan
a mi materia viscosa hundida en las raíces, confundida con ellas.
He aquí por qué dije antes que, literalmente, estoy sembrado en esta tierra.
De todas maneras aunque quisiera
yo, o algunas de mis partes, o aunque lo desearan mis parientes, no
tendría sentido salir de aquí puesto que puedo prolongarme en una
sustancia difícilmente perceptible. Ello ha ocurrido varias veces y
está ocurriendo ahora mismo, como quedará consignado en este relato.
¿Cómo puede relatar, se preguntarán los que leen esto, alguien que no
tiene memoria? Es muy sencillo. En mí (es un modo de decir porque soy
tantos) todo es presente. Todo fluye como en círculo y algunas huellas
permanecen como fósiles. Así es también esta tierra. Llena de fósiles
de serpientes, de pájaros antidiluvianos, de pies de gigantes de otras
épocas impresos en la lava petrificada y en la calcárea ceniza. No
tengo, pues, memoria sino cicatrices que a menudo se abren de nuevo sin
dolor y sin sangre.
Primero
se fue Juan y yo, prolongándome, no por voluntad, insisto, sino como
cuestión de células, lo seguí de cerca. Era –para decirlo con una
imagen- como si Juan arrastrara por el mundo su cordón umbilical.
Claro, sin darse cuenta. Las hembras se quedaron. Tienen más vericuetos
y entretelas. Durante mucho tiempo son como palmípedos o como esos
huevos del hueviarrastrao que los empuja bosque
adentro. Van ellas madurando poco a poco y, en lugar de salir, atrapan
a alguien y quedan fecundadas. Claro finalmente se fueron y, también,
viscoso y alerta, las seguí.
Juan
cruzó tierras y mares. Nunca se podía estar quieto. Era como si a cada
instante me sintiera cerca y tratara de huir. En una tierra extraña
cayó en la cárcel por un crimen que no cometió y del cual no obtuvo,
como los verdaderos culpables, beneficios. Demasiado pegado al cordón
umbilical para despabilarse del todo. Yo, a través
del cordón, le di la fuerza para resistir, sobre todo los inviernos que
allá, en esas tierras, son insoportables y en la celda de paredes de
piedra
pueden ser letales.
Hay
otro hijo perdido. Gonzalo. De ese no se habla y yo lo veo en una isla
llena de sol, donde vagabundea, bebe y fuma envuelto en una nube que lo
aísla del mundo y su mujer y mis pequeños nietos
siguiéndolo como si arrastrara, él también, bolsas y membranas y huevos
y compartimientos y sin darse cuenta de ello.
Ahora
son vacaciones navideñas y casi todos han vuelto, han regresado a sus
bolsones que se habían ido arrugando por estar vacíos durante tanto
tiempo. Todo ha vuelto a vivir, la sangre ha vuelto a circular, veloz,
por mis venas y mis arterias y todos mis jugos y mis humores han vuelto
a brotar como si revivieran las fuentes resecas y los nacimientos entre
las rocas y las peñas.
Ayer
tuve la visita de un viejo amigo que peina, con cuidado, sus aindiadas
canas, que muestra, en su rostro, los surcos de infinitas arrugas y
masculla palabras entre sus encías muecas.
-Eres
un embaucador, me dijo. Mantiene un embuste envuelto en telas,
membranas y entresijos. Niegas el cuchillo que entra por los tejidos
desgarrando como lo vimos ayer con el cerdo engordado para la fiesta de
Año Nuevo.
Te
la pasas remendando y pegando los labios de las heridas, absorbiendo la
sangre con tus esponjas y poniendo emplastos en rotas coyunturas. Un
día vas a estallar como un sapo demasiado hinchado que rebosa las
orillas de su laguna.
-No
es mi voluntad, dije yo, mientras bebíamos sendos tinteros de
aguardiente y nos comíamos los chicharrones del cerdo. Estoy demasiado
repartido para controlarme y ninguna de mis partes sabe ya lo que
ocurre en las otras.
Hace
poco que partieron. En jeeps, en automóviles, en buses por la única vía
polvorienta entre las montes que penetra en esta región. Se fueron con
sus maletas y los compartimentos, ya vacíos, se desinflan poco a poco.
La sangre se enfría en mis arterias y venas y los jugos y los humores
se vierten en la tierra. El patio no tiene niños, ni gritos, ni voces.
Se apagó la radio y si alguien me viera desde afuera no vería otra cosa
que el viejo seco, con la piel pegada a los huesos, sobreviviendo
como un fantasma en el caserón vacío. Volverán a fines del año próximo
y quizá estaré muerto, pero allí estarán los bolsones flácidos en que
me prolongo y habitarán los vientres sin vida y se acomodarán en mis
telas y entretelas como en hamacas que aún resisten sus pesos vivos.
Y mi amigo, que quizá habrá muerto, dirá:
-Eres
un embaucador, aún los reúnes y los cobijas y los albergas y callas tu
muerte y sobrevives a tu osamenta esperando una resurrección imposible.